Se acerca el final de julio (aunque aquí quién lo diría, que seguimos con los abrigos de entretiempo y los colores de alivio) y estamos a punto de zarpar rumbo a la piscina, de cabeza. Siempre coincidimos con las fiestas y quén me lo iba a decir a mí que las fiestas me iban a fastidiar. Pues mayormente sí: me fastidian, me incomodan y a veces, aunque no me dejo, casi me deprimen. Y juro que no es la edad, virgen santísima, sino muy al contrario: los jóvenes casi no me lo parecen (si acaso, en el tipo, y no siempre), abrazados a la cuba de la santísima tradición.



