El otro día leí un artículo en El país que me conmocionó. Se sabe el destino, no hay duda; en todo caso los cálculos podrían diferir en un par de millones arriba o abajo. Pero no hay duda: el destino de la Tierra, de sus animales, de sus plantas, de sus ríos, sus mares, sus montañas, sus nubes, sus torres, sus campanas, sus cebaderos, sus tierras, sus eras, sus caminos, sus montes, sus pinares, sus cercas, sus huertas, sus huertos, sus palomares, sus tejados, sus perdíos, sus barbechos, sus girasoles, sus cantos, sus ruinas, sus palos, su leña, su basura, de sus bares, de sus coches, de sus máquinas, de sus inventos, de sus libros, de sus películas, de sus farmacias, de sus vacunas, de sus aviones, de sus cohetes, de sus tanques, de sus probetas, de sus bombas, de sus trenes, de sus urnas, de sus parlamentos, de sus recuentos, de sus reivindicaciones, de sus patrias, de sus leyes, de sus caricias, de sus insultos, de su lenguaje, de sus lenguas, de su identidad, de sus amigos, de sus enemigos, de sus púlpitos, de sus penitencias, de sus premios, de sus majestades, de sus sueños, de sus camas, de sus casas, de sus escuelas, de sus mezquitas, de sus iglesias, de sus sinagogas, de sus oficinas, de sus cuevas, el destino seguro, inexorable de todo, de toda, de todos, de todas, es ser engullidos por el sol. Sin más remedio. Como en los sermones de don Pedro en la Ermita, como en los de don Basilio en la Iglesia. En una cósmica indiferencia que sin duda merece nuestro orgullo, arderemos todos juntos, con nuestros perros también, en el cielo, por toda la eternidad.



