Bueno, pues esto ya va pareciendo una casa. Aquí, hasta tengo comentarios, qué maravilla.
He ido trayendo mis cosillas y les he puesto la fecha que tenían allá, un poco para conservar la coherencia cronológica. Hasta he fechado las Cartas del tío Sergio en su fecha original, así que, claro: son las más antiguas ¡¡de los años 40!!
Por esos años pondrían las cuatro bombillas que colgaban de las cuatro esquinas del pueblo, y, por supuesto, por no haber no había ni agua en las casas ni siquiera caños en la calle, que había que ir a la Fuente Grande. Me acuerdo yo -lejanamente, pero me acuerdo- de cuando pusieron los caños (años 60). Me acuerdo del que había en la calle del Osario, en la esquina, del que había enfrente de la escuela (la farmacia ahora), del que había al lado del bar del tío Paco Chirolo, al principio de la calle que baja desde la Plaza a las Povedas. Y luego, en las Povedas, me acuerdo muy lejanamente de la olma con la lechuza, y el puente de madera que había sobre el arroyo donde están las Pistas ahora, al lado de la Fragua y de la Fuente. Me acuerdo del estanque verde que había cerca de la Fuente, y de la enorme rueda que está ahora en la estatua; y nos asomábamos y gritábamos dentro y retumbaba. Me acuerdo de ir con la abuela y llevar la burra para traer los cántaros llenos. Me acuerdo de la cantarera que había en la cocina vieja, al otro lado de donde el tío Sergio se ponía a escribir, fumar y dormir, todo al mismo tiempo. En aquellos tiempos, enviar una carta era perderla; él quiso conservar copias de sus cartas y yo, porque su inocencia me da ternura, se las copio aquí, en la metáfora de un mundo como éste, contrario a todas sus convicciones, ubicuo y poderoso, por donde el tiempo no pasa con su goma de borrar. Yo llevaba la burra del ramal y ahora hago hipervínculos. El mundo ha cambiado mucho, y ya vamos teniendo una edad.



