Mondrian en Muñoveros:
Se cuenta que la… (no lo digo), un poco ñoña ella, se quejaba:
- Fui al vasar, me cayó un plato, me dio aquí, ¡aý!
Para que el dicho alcance toda su dimensión, hay que declamarlo y subrayarlo; decir me dio aquí y darse un golpe en el pecho, suspirando; decir ¡ay! y acentuarlo agudo, en la y, y suspirar de nuevo. Viene a propósito cuando alguien se queja de cosas intrascendentes, o cuando se pone cursi y aparatoso.
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En casa siempre se ha declamado, cuando venía a propósito, lo que mi tío oyó desde el corral cuando era joven, hace muchos, muchos años:
- Mama, que ha dicho papa que eches de comer a los marraniiiiines.
Con este chascarrillo familiar inauguro una nueva categoría en el Silo, que he titulado “Historias de sobremesa” (porque “Leyendas urbanas” no la puedo titular por razones obvias), y pego en mi álbum la ilustración de lo que decía el otro día acerca de mama y papa. Me gustaría que mis contadas y selectas visitas hicieran lo propio y compartieran, a través de los comentarios o del medio que fuere, sus propios chascarrillos de sobremesa.
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Cuando se está a puntito de doblar la esquina del siglo, hay perspectiva suficiente para haber visto crecer la yerba y cambiar las pequeñas cosas. Eso es lo que me pasa a mí. Que he visto nacer unas palabras y morir otras. Hoy voy a referirme a las palabras mama y papa, pero hay otras que dejo para otro momento.
Cuando éramos pequeños, había categorías: todos lo sabíamos. No éramos iguales; era así, sencillamente. Algunas diferencias se manifestaban en la lengua y otras no, pero no por ello estaban menos presentes; concretamente se manifestaban en las palabras para llamar a los padres o referirse a ellos. El sistema era simple y unos y otros lo aprendimos con la misma naturalidad con la que aprendimos que las tareas cambiaban con las estaciones o que los días de toros se hacía fiesta y eso daba derecho a bolsa de pipas. Unos decían mamá y papá y otros decíamos mama y papa antes de alcanzar la edad de ir a la escuela y madre y padre a partir de ese momento; todos sabíamos también cuándo tocaba dar ese paso de mama a madre, y lo importante que era. Los que decían mamá y papá eran claramente minoría, y en boca de cualquier otro que no fuera de ellos nos sonaba cursi y ridículo, pero en ellos no: era lo que les correspondía decir. En qué momento ese sistema cambió, no lo sé; los primerísimos años setenta, quizás. Me tienta decir que ese cambio lingüístico está relacionado con nacer o no en la cama de tus padres, pero creo que no es así: nosotros llamábamos de tú a los padres, y nuestros padres de usted a los suyos. A partir de treinta años para abajo diría yo que todos los hijos del pueblo dicen ya mamá y papá, y confieso que muchas veces cuando lo he oído al pasar me ha resultado igualmente cursi y ridículo, comprendo que por un prejuicio bastante estúpido y en contra de la realidad de la lengua. Coloco la definición que da el Diccionario panhispánico de dudas, de la RAE:
mamá
. 1. ‘Madre’. Procede del latín mamma, pronunciado [máma], y así se dijo en español hasta el siglo xviii. Después, por influjo del francés, comenzó a extenderse la pronunciación aguda mamá, hoy general en el uso culto de España y América. La forma llana mama persiste, no obstante, en el habla popular y rural. El plural de mamá es mamás (→ plural, 1b), no
mamases.
2. En España solo es normal su empleo para dirigirse a la madre en usos vocativos (Mamá, me voy al cine), para referirse a ella en la conversación entre miembros de la misma familia (Me ha dicho mamá que recojas tu habitación), en la conversación entre niños pequeños (Mi mamá no me regaña nunca) o cuando un adulto se dirige a un niño de pocos años (Díselo a tu mamá). En la conversación entre adultos, fuera del núcleo familiar se emplea el término madre: «Mi madre atendía las gallinas» (MtzMediero Vacaciones [Esp. 1991]). En América, en cambio, se emplea corrientemente mamá para referirse a la madre entre interlocutores adultos: «Mi mamá compra todo en el supermercado que hay acá» (Puig Beso [Arg. 1976]).
3. Como diminutivos se emplean mamaíta, el más normal en España, y mamita, muy extendido en América. También responde a las reglas de formación de diminutivos, y es, por tanto, correcta, la forma mamacita, que en América suele alternar con mamita y mamaíta, y que en países como México es el diminutivo más frecuente. En todo el ámbito hispánico se usa también la forma hipocorística mami.
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Entre tanto que resolvéis el enigma, yo he cambiado mi cabecera. Leña, que es invierno
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Con estos chicos tan listos, me he ahorrado la entrada 3.2. Bueno, no sé si listos o que pasan mucho por delante; si es esto último, descubro, constato y admito que es en buenas condiciones.
El premio hoy va a ser un poquito mayor: pincho de lomo y botellín.
A ver quién acierta:
ACTUALIZACIÓN 03/01/10:
Es el balcón de la casa que se mete en la carretera por el Barrio Arriba, justo enfrente de la calle Covachuelas, ese caserón de la familia de Salvador y la Eufemia, que aún estaba habitado cuando comencé a valer para hacer recados: era el estanco, antes de Chirolo.
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mamases.





